Era
un hombrecillo de aspecto cómico: la cabeza calva, en cúpula, como un
ábside; la cara muy pequeña en comparación; la nariz redonda y
respingada y las barbas undosas que, por algún extraño efecto no parecían pertenecer a semejante rostro. Su fealdad era objeto de frecuentes bromas entre sus amigos, y él mismo cooperaba en el regocijo general. Fue pobre y algo haragán.
Su profesión era la de cantero, pero no trabajaba más de lo
estrictamente necesario para sustentar a su mujer y a sus tres hijos. Su afición favorita consistía en charlar con la gente.
Y dado que su esposa era una mujer siempre descontenta, con una lengua
peor que el látigo de un carretero, el mayor placer del mundo para este
hombre consistía en verse lejos del hogar.
Se
levantaba al amanecer, tomaba a toda prisa un ligero desayuno de pan
mojado en vino, se ponía su túnica que luego cubría con un manto de tela
burda y partía a cualquier sitio donde pudiera conversar y discutir con
sus conciudadanos. Nunca le faltaba ocasión para satisfacer su deseo,
pues los habitantes de la ciudad donde vivía adoraban la discusión. La ciudad era Atenas, y el hombre de quien hablamos, Sócrates.
Sócrates
no solo tenía un rostro divertido, sus ideas y su comportamiento
también lo eran. Cierta vez, uno de sus amigos preguntó al oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio de Atenas. Para asombro de todos, la sacerdotisa dio el nombre de Sócrates.
“El oráculo -comentó Sócrates después -me ha escogido a mí como el más sabio entre todos los atenienses, porque yo soy el único que sabe que no sé nada.”
Esta
actitud de maliciosa socarronería y equívoca humildad le daba tremendas
ventajas en las discusiones. Le hacía, en realidad, ser una persona
cargante. Aparentaba no saber ninguna respuesta y acosaba a sus interlocutores con preguntas, como un fiscal en un juicio, llevándoles a inesperadas y asombrosas admisiones.
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